El cazador de dragones

     Érase una vez, hace mucho tiempo, el Primer Emperador ordenó al más eximio de sus guardias que se retirara a las montañas de la Luna y que se convirtiera en un cazador de dragones. El guerrero abandonó a sus padres, a sus hijos, a su mujer, que era prudente, y a sus compañeros de armas, partió hacia las montañas y sometió su cuerpo a la más dura de las disciplinas; ayunó y se fortaleció; caminó sobre el fuego y durmió abrazado a las piedras heladas; aprendió el lenguaje secreto de los pájaros y alcanzó a entender la escritura de las hormigas bajo la tierra.
Dragón pintado por Hokusai
     Por fin, pasados siete largos años, el guerrero se supo preparado para enfrentarse con el dragón que asolaba los cinco reinos; pero he aquí que cuando el cazador se presentó ante el Emperador, el dragón empleó la magia y se transformó en una bailarina de corazón ligero, cintura flexible y pies como flores de canela, y el Emperador se derramó en ella y la bendijo con el manto de su protección. El guerrero entendió entonces que la vida no es sino un acuerdo con los movimientos del cielo; que quien descansa, comparte los ocultos poderes de Yin; que quien trabaja, se mece en el oleaje de Yang; que el sabio no busca ganancias y es invulnerable a las pérdidas; que responde sólo si le preguntan; que se mueve cuando lo empujan; que conviene olvidar el saber de los libros y los argumentos de los filósofos; que la vida es una barca que conducen aguas indiferentes; que la muerte es un reposo sin sueños; que quien gobierna un Imperio no atiende a consideraciones y que la mujer se rige por los siete espíritus de los dragones, a cuál de ellos más terrible y lleno de misterios.

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