La Francia enamorada

     La Civilización debe a los franceses una manera de entender el amor ligera, parisina y del cancán, y a fuer de tal, fuente inagotable de libertades públicas y consuelos privados para unas braguetas atribuladas por la casuística contra el Sexto Mandamiento desarrollada por los jesuítas del colegio de La Flèche, quienes sabían muy bien lo que se traían entre manos, y nunca mejor dicho; porque antes de que la lógica de Port Royal diera con el invento del bidet (que es ese adminículo de frescura donde las francesas se reinventan a sí mismas), los confesores de La Flèche derrocharon una finura teológica sin precedentes encaminada a distinguir el peccatum bestiale que supone la coyunda con un animal de pelo, del que se trajina con el auxilio de un animal de pluma, y no dejaban tranquilos a sus alumnos hasta que no les detallaban si al enhebrar con la gallina excitaban su imaginación al evocar el sudor recóndito de una campesina recia, o el escote palaciego de la señora marquesa, porque no es lo mismo; nada es nunca lo mismo en materia amorosa: ni lo que se desea sin querer, ni lo que se quiere sin desear, ni lo que se sabe que se desea, ni lo que se desea sin saber…, y con estas dudas metódicas se amuebla un infierno de horrores, jadeos y delicias cuyas puertas nos abrieron los jesuítas franceses (mucho antes de que lo hiciera Sigmund Freud) contra cuya influencia se escribieron las obras de los grandes moralistas como La Rochefoucauld, el Marqués de Sade o Choderlos de Laclos, por citar a los más célebres.
     La Rochefoucauld criticó con gran sentido la moral dominante del Grand Siècle, e incluso la ramplonería de la conciencia moral de nuestra especie, en general; pero tengo intención de escribir algo sobre sus Máximas y sobre sus amantes, todas ellas intrigantes, valientes y suculentas por la parte de las tetas; de modo que lo rodeo y lo cito sin más propósito que ir abriendo el apetito a mis lectores.
     A los efectos de este suelto, parecería que el Marqués de Sade podría dar mucho juego, porque no hubo cochinada que se le quedara en el tintero ni titilación que no pasara por su piel; pero hoy día cualquier zagal incoloro, inodoro e insípido de los que se crían en esas granjas de pollos psicopedagógicos que son los institutos de la ESO ha visto en internet todo lo que el Espíritu ha inventado para entretener y/o atormentar esos rincones del cuerpo por donde el sol no brilla nunca, de modo que, curados de espanto como estamos, releer al Divino Marqués semeja una letanía cansina de coños pro nobis, un rosario de malicias insulsas como pellizquitos de monja al lado de lo que nos llega cada día por el wasap.
Ilustración de Frangonard para Las amistades peligrosas

     Pierre Choderlos de Laclos es otra cosa y su obra principal, Las amistades peligrosas, nos estremece hoy tanto o más que cuando fue escrita, en el último tercio del siglo XVIII. Militar de profesión, el carácter taciturno de Laclos lo aislaba de su entorno tosco y cuartelero, entre cuyos compañeros y superiores se erguía como un cenotafio en mitad de un burdel. Estudioso de las obras de Rousseau, defendió ante quien le quiso escuchar la bondad natural del Hombre y el carácter perverso de las costumbres de su tiempo. Sin embargo, su novela desarrolló ideas propias según iba saliendo de su pluma y el resultado final es una obra en extremo contraria a todo propósito edificante: libertina en el sentido más afilado del término; literariamente arrebatadora; luminosa en su escepticismo moral; plena de episodios excitantes; escrita con un lenguaje directo, fuerte y despiadado, y poblada de unos personajes que, lejos de parecer “tipos” (como lo son casi todos los caracteres de las novelas de su tiempo), resultan carnales, humanos, demasiado humanos e incluso demasiado familiares. Laclós es el más grande de todos los moralistas europeos, porque cuando coloca la lupa sobre la eticidad de la aristocracia francesa lo que consigue es que la lente se convierta en un espejo donde vemos nuestro rostro. Las amistades peligrosas es, sin duda, el hijo más precioso de la Francia Ilustrada y constituye, aún hoy, la mejor fenomenología del cataclismo íntimo y público que se produce cuando se tensa el placer propio, con el ingrediente de la descomposición moral ajena; o cuando no sabemos disfrutar de la alegría de nuestra piel sin quebrar la fragilidad de la virtud.


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