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El año que perdimos a Taniguchi

Los aficionados a los cómic recordaremos dos mil diecisiete como el año en que se nos fue Taniguchi Jirô. Recuerdo perfectamente la primera vez que tuve en mis manos un álbum de este autor. Me lo había recomendado un compañero de trabajo que hoy es amigo, y aún le guardo agradecimiento por haberme abierto esta puerta del alma. Recomendar a Taniguchi es siempre un acto de amistad, de seducción, y por eso los profesores, los críticos literarios y los bibliotecarios le debemos amigos, lectores y alegrías, por más que sus historias estén teñidas de tristeza; pero se trata siempre de una tristeza sin amargura, y que nos afecta de forma velada y preciosa. Eso es muy japonés, porque aquella es una cultura que gusta de medir sus emociones y sus gestos, y expresarlos envueltos en ritos bellísimos, que Taniguchi sabe trasladar con todo detalle a sus obras. En eso el maestro Jirô es poco japonés, porque el estilo propio del manga es muy escueto, capaz de imprimir un enorme movimiento y expresión…

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